La mayoría de las personas que se deciden a hacer una formación o un proceso de Coaching, en el fondo, buscan lo mismo. A veces esta búsqueda se disfraza con otras pretensiones, e inician su camino haciendo caso a necesidades u objetivos que tienen preinstalados socialmente o por acumulación de creencias propias y ajenas. Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que van soltando todo lo que no es, todo lo que no quieren realmente, y anclándose de manera innegociable al objetivo primigenio que les ha hecho adentrarse en este camino hacia el interior: la búsqueda de su propósito de vida, el encuentro con quienes realmente son y con lo que realmente quieren y sienten que han venido a hacer al mundo.  

Vivimos casi siempre como por inercia, habiendo perseguido sueños que lo eran, y sueños que no eran más que ensoñaciones que nos vendieron, y que compramos, en nuestro desarrollo como personas que viven en un mundo tantas veces clónico y disfuncional. Seguimos la corriente de lo supuestamente ideal, de lo recomendable, de lo pragmático. Tomamos caminos sin preguntarnos cuánto de real tienen para nosotros, solo por haber visto unas cuantas señales que marcaban la dirección y que hacían suponer que, por allí, llegaríamos a un buen lugar, a uno cómodo, más o menos fácil, donde descansar de las luchas que afrontamos cuando empezamos a tener mayor uso de la razón, y donde hacer del día a día un lugar más o menos plácido donde transitar una vida de bajo consumo, que no nos desgaste demasiado, aunque tampoco nos apasione en gran medida.

Sin embargo, muchas personas no se encuentran cómodas en este lugar. Sí, algunos días rezan que no piden más. Pero otros tantos, pequeñas chispas de inconformismo, lucidez y búsqueda, les hacen replantearse si realmente están dejando las huellas de los pasos que vinieron a grabar en este mundo.

 

Todos tenemos una razón para estar aquí

Porque es así, no hay error ni casualidad en ninguna existencia. No hay nadie que haya venido a vivir la vida de otro ni una en la que, realmente, no cree. No hay nadie que haya venido a hacer el mal, ni a apagar la luz de otros. No hay un solo ser humano que haya sido la consecuencia de una serie de catastróficas desdichas. No. Todo Ser tiene un propósito para estar aquí y, al final, la única empresa realmente importante es conectar con ese propósito, construir la vida que te permite cumplirlo y, en resumidas cuentas, Vivir. Ser quien eres, con todas las consecuencias, retos y maravillas que esto depara.

No todos los propósitos son iguales, ni mucho menos. Ni todos tienen que aspirar a salvar a la humanidad. Hay propósitos de todo calado, todos igual de preciosos e importantes. Porque lo realmente importante, es que sea tuyo de verdad. Simplemente es encontrar eso que no puedes seguir viviendo sin hacer. A lo mejor es a nivel profesional, a lo mejor no. A lo mejor simplemente es algo que ya no podrás seguir sin aportar o aportarte en tu día a día. Sencillo y complejo. Maravilloso.

Pero para llegar hasta esa conexión con la razón de ser, hay que bucear mucho. Hay que sumergirse en un viaje interior en el que toparse con mil y un obstáculos que intentarán frenarte, confundirte, volver a convencerte de que así, viviendo una vida acorde a la media, haciendo las cosas que socialmente se han estipulado como buenas y normales (ay, normal, ¡qué término tan perverso!), no estás tan mal. Y tienes que estar dispuesto a enfrentarte a todos esos obstáculos, y a la incomprensión de quienes no están por la labor de sumergirse, y a tus propios fantasmas y miedos. Tienes que estar dispuesto a soltar, soltar y soltar.

Pero la recompensa, si te armas de luz y de valor, es inconmensurable. Conectar con tu verdadero Yo y con tu verdadero propósito, y hacer de ello tu serena y particular cruzada para Ser y Vivir desde esa unicidad y autenticidad, es sin duda el mayor regalo que puedes recibir en esta experiencia de paso.

¿Sabes cuál es tu propósito?

 

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