Érase una vez un granjero, que contrató a un carpintero para ayudarle a reparar una serie de objetos en su vieja granja.

El primer día de trabajo fue muy duro para el carpintero. Su sierra eléctrica se había estropeado, lo cual le había hecho perder mucho tiempo y esfuerzo y, para colmo, su antiguo camión se negaba a arrancar al finalizar el día.

El granjero decidió amablemente llevarle a casa en su furgoneta y, durante todo el camino, ambos permanecieron en silencio. El día había sido demasiado duro como para charlar.

Una vez llegados a la casa del carpintero, este invitó al granjero a conocer a su familia. Mientras se dirigían a la entrada, el carpintero se detuvo brevemente frente a un precioso olivo centenario que erguía sus ramas frente a la casa. Cerró los ojos y, durante unos instantes,  posó ambas manos sobre el grandioso tronco.

Al regresar al lado del granjero, se había producido una sorprendente transformación. La cara del carpintero sonreía con profunda paz y placidez. Entró en la casa, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. La energía de aquel hombre había cambiado por completo.

El granjero conoció a la feliz familia del carpintero y, tras unos momentos de parloteo y sonrisas, se despidió de ellos para emprender el camino de regreso a su casa. El carpintero le acompañó hasta su furgoneta y, al pasar delante del olivo, el granjero no pudo resistir la tentación de preguntarle acerca de lo ocurrido: ―¿Qué ha ocurrido frente a este árbol?

―Este es mi árbol de los problemas ―contestó el carpintero―. Sé que no puedo evitar tener problemas durante el día, como los que han ocurrido hoy en el trabajo, por ejemplo, pero no quiero traer estos problemas a mi casa. Así que, cuando llego aquí por la noche, cuelgo mis problemas en este árbol. A la mañana siguiente, cuando salgo de mi casa, los recojo otra vez y trato de resolverlos.

El carpintero sonrió y, tras una breve pausa, dijo: ―Lo curioso es que cuando salgo por las mañanas a recoger los problemas del árbol, no encuentro, ni remotamente, tantos como los que dejé la noche anterior.

¿Qué haces tú con tus problemas a diario? ¿Los cuelgas en tu árbol particular, o te los llevas contigo a casa, a la cena y a la cama? Te leemos en comentarios.

4 comentarios

  1. Problemas? Yo no los veo, veo retos y poder superarlos es el fin de estos.
    Me digo como aquel de ese cuento zen que si no recuerdo mal también publicasteis vosotros.
    Esto también pasará.
    No le doy el más mínimo espacio en mi ya que todo está afuera.

  2. Gracias Elena,voy aprendiendo poco a poco a dejar ir mis pensamientos conflictivos,aunque no es tan fácil.
    Un abrazo y felices vacaciones.

  3. Hola ! Me encantó el cuento, si todos fuéramos capaces de actuar de esa manera cambiaría nuestra vida. Aunque sea difícil hay que intentarlo cada día. Y, cuando al fin lo logremos nos sentiremos tan aliviados que pasara a ser parte de nuestra rutina.
    Soy muy exigente conmigo misma, siempre estoy pensando en lo que tengo que hacer y mi mente no descansa mucho. Soy cociente de ello pero no aún no puedo evitarlo. Pero, estoy trabajando en eso, se que lo voy a lograr.

    Muchas gracias por compartir estas cosas tan lindas.
    Saludos, desde Uruguay.

  4. Gracias por el cuento .. es una forma de poder permitirnos vivir cada momento de forma consciente y sin estar distraído por otros temas a los que le damos carácter de prioritarios sin serlo… gracias

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