Érase una vez un viejo maestro, que deseaba enseñar a su discípulo la razón por la cual muchas personas viven atadas a una vida de conformismo y no logran superar los obstáculos que les impiden triunfar. Para el maestro, la lección más importante que el joven discípulo podía aprender era observar lo que sucede cuando finalmente nos liberamos de aquellas ataduras y comenzamos a utilizar nuestro verdadero potencial.

Para impartir su lección, el maestro llevó al joven a uno de los parajes más pobres y desolados de la provincia. Después de un rato largo caminando, vieron la que consideraron que era la más humilde de todas las viviendas. Se trataba de una casucha a medio derrumbar, en la que vivía una familia de ocho personas. Las paredes estaban a punto de caerse, el techo dejaba filtrar el agua y los alrededores estaba llenos de desperdicios.

Aquella familia familia contaba con una sola posesión, una vaca, cuya escasa leche les proveía de un poco de alimento para sobrevivir. Pero, más importante que su valor alimenticio, era que esta vaca era su única posesión material con algo de valor, lo único que les separaba de la misera más absoluta.

Tras pasar allí la noche, antes de partir por la mañana, el maestro le dijo al discípulo: ―Ya es hora de que aprendas la lección que viniste a aprender. Y, sin más, sacó una daga de su bolsa y degolló a la pobre vaca, ante la incrédula mirada del joven. ―¿Qué has hecho, maestro? ―dijo el joven―. ¿Qué clase de lección es esta, que deja a una familia en la ruina total, quitándole lo único que poseían? ―Sin inmutarse, el maestro continuó su camino.

 

Un año después…

Un año más tarde, los dos hombres decidieron pasar nuevamente por aquel paraje, para ver qué había ocurrido con la familia. En vez de una ruinosa casucha, ahora se levantaba una casa nueva y grande. El joven pensó que una nueva familia, más pudiente, viviría allí ahora, después de que la familia de entonces hubiera tenido que abandonar incluso la casa, tras la fatal pérdida de la vaca. Pero, para su sorpresa, cuando se acercaron descubrieron que en la casa habitaba la misma familia. Sin embargo, su aspecto era totalmente distinto; sus ojos brillaban, vestían ropas limpias, iban aseados y sus amplias sonrisas mostraban que algo significativo había sucedido. El joven no daba crédito a lo que veía. ¿Qué había sucedido durante ese año?

El hombre de la casa les relató cómo algún maleante había matado a su pobre vaca, justo hacía un año. Les contó que su primera reacción ante la muerte de la vaca fue la desesperación y la angustia pero que, pasado poco tiempo, se dieron cuenta de que si no hacían algo, su propia supervivencia peligraba. Como necesitaban comer, buscaron otras fuentes de alimento, limpiaron el patio de la casucha, consiguieron algunas semillas y sembraron hortalizas y legumbres. Pasado un tiempo, comenzaron a vender los vegetales sobrantes a los vecinos y, con esas ganancias, fueron comprando más semillas. Por primera vez en sus vidas habían tenido dinero suficiente para comprar mejores vestidos y arreglar su casa. Es como si la trágica muerte de la vaca, les hubiese abierto las puertas a una nueva esperanza.

El maestro, que había permanecido en silencio escuchando el fascinante relato del hombre, llevó al joven a un lado y le preguntó en voz baja: ―¿Tú crees que si esta familia aún tuviese su vaca, habría logrado todo esto? ―Seguramente no ―respondió el joven. ―¿Comprendes ahora? La vaca, además de ser su única posesión, era también la cadena que los mantenía atados a una vida de conformismo frente a la mediocridad y la miseria. Cuando ya no contaron más con la falsa seguridad que les daba el sentirse poseedores de algo, tomaron la decisión de esforzarse por buscar algo más. La vaca, que les parecía una bendición y les daba la sensación de no estar en la pobreza total, era la causante de que vivieran en medio de la miseria.

Autor: Camilo Cruz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario