Si te mueves o te estás iniciando en entornos relacionados con el crecimiento personal/espiritual, ya contarás por decenas las veces que has escuchado expresiones como “yo esto ya lo tengo muy trabajado”, “yo ya estoy muy trabajado/a”, y/o a personas predicando en círculos informales sobre su nivel de consciencia, sobre su gran comprensión sobre el origen de sus conflictos y sobre lo integrado que lo tienen todo. Pero después, cuando has compartido tiempo con esas personas, puede que hayas visto cosas que te han despertado algunas dudas: ¿cómo es que esta persona está aquí, dándole tantas vueltas a ese tema que ya tenía tan trabajado? ¿Qué hace que esta persona esté sufriendo de esta forma y luchando con esa incomprensión, si realmente lo tenía todo tan integrado?

Y es que, cada vez es más habitual en el entorno espiritual encontrar este tipo de contradicciones, cuya raíz está en la jugosa trampa que puede tender su saboteador interno a una persona cuando trabaja su crecimiento, y que fue bautizada por John Welwood, hace más de 30 años: el bypass espiritual.

Tras la acumulación de lecturas, vídeos, charlas, talleres… muchas personas se hacen con un haber de teorías y supuestas certezas que, engañosamente, creen integrar y poner en práctica. Sin embargo, en entornos de trabajo personal, vuelven una y otra vez a sacar a la luz los mismos asuntos que supuestamente ya tienen muy identificados y trabajados. Y en el día a día vuelven a luchar contra situaciones, realidades y emociones con más incomprensión de la que ellos creen. Esto suele significar que, en el fondo, no los han resuelto ni comprendido a nivel profundo, ni tampoco han hecho algo que realmente pueda ayudarles a vivirlo de otra manera.

 

Aceptación VS inmovilismo

Si realmente hubiésemos integrado la sabiduría espiritual, carecería de sentido que tuviésemos tantos conflictos internos con nosotros mismos, con otras personas o con determinadas situaciones. Habríamos abrazado uno de los valores más elevados, y a la vez más difíciles de comprender: la ACEPTACIÓN. Pero esta aceptación no debe confundirse con el inmovilismo. No debe servir de excusa para no avanzar hacia aquello en lo que realmente creemos. No debe alimentar a nuestro saboteador interior para mantenernos presos dentro de nuestra zona de confort, recubierta de un halo de espiritualidad.

La clave está en combinar la aceptación con la acción. La verdadera aceptación no significa rendirse ni resignarse ante injusticias, enfermedades, mediocridades, necedades, muertes, etc., sino trabajar duro para mejorar nuestra mente y nuestro mundo, pero desapegándose del resultado. Actuar con determinación desde la aceptación. Actuar sin etiquetar los resultados como positivos o negativos. Lo que resulte de nuestras acciones es lo que deberemos aceptar, sea o no el resultado que nuestra mente racional entiende por adecuado. Creer realmente que lo que pase es lo que tiene que pasar, pero no desde el inmovilismo, sino desde acciones responsables que emprendamos sobre aquellos asuntos sobre los que nos hemos hecho conscientes.  Consciencia y responsabilidad. Ser y hacer desde el Ser. Cualquiera de las dos patas, sin la otra, cojea.

 

Aceptar las emociones

Y aceptando no solo los resultados, sino las emociones que hayamos transitado en el proceso. Las emociones forman parte de nuestra naturaleza humana. A lo largo de nuestra vida va a haber muchas situaciones que nos despierten emociones que tomaremos como positivas, y otras tantas que no nos lo parecerán tanto. Pero todas son necesarias y tienen su función. No debemos pretender, a base de un bypass espiritual, ignorar o reprimir las emociones que estemos sintiendo en cada momento, ya que de esa manera no podremos aprender, ni avanzar, ni crecer. Con tesón, perseverancia y crecimiento, podemos aprender a gestionar cada emoción, sea cual sea. Podemos aprender a no convertir el dolor en sufrimiento, o podemos aprender a transitar la tristeza desde la aceptación. Pero para eso, es necesario mucha humildad y paciencia. Es necesario saber que el trabajo nunca termina, y que no vale con acumular horas y hojas ingentes de teoría espiritual, si no que tenemos que hacer un sincero y profundo esfuerzo por integrarlas, por vivir desde ahí, por predicar con el ejemplo. Pero sabiendo y aceptando que somos humanos, que debemos transitar, con todas sus consecuencias, esta experiencia humana. Hemos venido a jugar.

 

El examen infinito

Se dice que la vida es una maestra que nos repite pacientemente el mismo examen, una y otra vez, hasta que conseguimos aprobarlo. Y como en un examen, de nada vale aprenderse la teoría al pie de la letra, y jactarse ante los demás de sabérsela antes del examen, si cuando entramos al aula lo que nos encontramos no es un examen tipo test ni unas preguntas abiertas determinadas. Cuando lo que realmente nos encontramos es un folio en blanco donde probablemente lo que tenemos que escribir no es directamente toda esa teoría, si no el fruto de una comprensión mucho más profunda, que nos permita crear, improvisar, hacer frente a cosas que no venían en los libros y, en definitiva, demostrar que realmente hemos aprendido lo que la maestra intentaba enseñarnos, con nuestra propias palabras, experiencia y corazón.

Por eso, siempre invitamos a todo el mundo de todo corazón a que no pensemos ni hablemos tanto acerca de la espiritualidad, sino que la VIVAMOS con mayúsculas en cada acto, por pequeño que sea. Que en todo momento seamos seres espirituales que están viviendo una experiencia humana, y no humanos que pretenden entender y predicar de espiritualidad.

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