Érase una vez, en una lejana comarca, un frágil y sabio anciano que vivía de cultivar sus modestas tierras a las afueras de una aldea. Un día tormentoso, su única yegua se espantó, saltó la valla del corral y se perdió en los frondosos montes cercanos a la aldea. Cuando los aldeanos se enteraron de la noticia fueron a visitar al anciano y le dijeron: “¡Qué mala suerte tienes! ¡Menuda desgracia! ¿Cómo vas a arar tus tierras sin la yegua? Te quedarás sin sustento. ¡Qué mala suerte ha pasado por tu vida!”.

El anciano, sereno y atento, tan solo les decía: “Puede ser, puede ser…”

Al cabo de unas semanas, la yegua retornó al calor de su establo, acompañada de tres hermosos caballos salvajes. Los aldeanos, al escuchar la noticia, corrieron a visitar al anciano: “¡Qué buena suerte has tenido! ¡Menuda alegría! ¡Bendita sea tu yegua que escapó! Ahora podrás labrar tu tierra en la mitad de tiempo. ¡Qué buena suerte!”.

Pero el anciano tan solo repetía, una y otra vez: “Puede ser, puede ser…”

A los pocos días, el hijo del anciano estaba montando a los nuevos caballos salvajes para domesticarlos cuando, de repente, uno de ellos lo derribó con fuerza y se fracturó ambas piernas. Los aldeanos, consternados, corrieron a visitar al anciano: “¡Qué mala suerte! ¡Menuda desgracia! ¿Cómo vas a arar tus tierras sin la ayuda de tu único hijo? Te quedarás sin sustento. ¡Malditos caballos que han traído la desgracia a tu casa!”

El anciano escuchaba sereno y tan sólo respondía de nuevo: “Puede ser, puede ser…”

Al cabo de unas semanas, estalló la guerra con el país vecino y el ejército del rey pasó por cada aldea para reclutar a los primogénitos de cada familia. Al llegar a la casa del anciano, y ver que su hijo tenía ambas piernas fracturadas, siguieron su camino y se olvidaron del muchacho. De nuevo, los aldeanos fueron a visitar al anciano: “¡Qué buena suerte has tenido! ¡Menuda alegría! ¡Bendito accidente aquel que conserva la vida de tu hijo y lo mantiene a tu lado durante la escasez y la angustia de la guerra! ¡Gran destino el tuyo que cuida de tu persona y de tu hacienda manteniendo al hijo en casa!”.

El anciano, esbozando una ligera sonrisa, volvió a contestar: “Puede ser, puede ser…”.


Prueba a no etiquetar las cosas que te pasan como buenas o malas. Solo obsérvalas, vívelas, atraviésalas desde tu parte más sabia, aceptando que la ‘suerte’ tiene dos caras, que forman parte de una única moneda.

A veces, no sabremos de qué nos ‘salvó’ aquello que nos pasó que pensamos que era un golpe de mala suerte. Pero si aprendes a confiar en el ‘puede ser, puede ser’, sabrás que también aquella vez, tu moneda tuvo las dos caras.

 

 

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